5 de septiembre de 2026

Mil días de Milei: cambió la Argentina, pero todavía falta saber si logró arreglarla

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A 1.000 días de Milei, bajaron la inflación y el déficit, pero persisten desafíos en empleo, salarios, jubilaciones, industria y consumo.

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Javier Milei llegó prometiendo dinamitar un modelo que consideraba agotado. Mil días después consiguió modificar buena parte de la conversación económica y política del país. Bajó la inflación, convirtió el equilibrio fiscal en una bandera difícil de discutir y achicó el Estado. Pero salarios, empleo formal, jubilaciones, industria y consumo recuerdan que ordenar una economía no necesariamente significa haber resuelto la vida de quienes viven dentro de ella.

Mil días son suficientes para abandonar dos comodidades: la primera es seguir diciendo que Javier Milei recién empieza; la segunda, asegurar que todo salió mal simplemente porque no nos gusta Milei. La Argentina de septiembre de 2026 no es la Argentina que recibió el Presidente el 10 de diciembre de 2023. Negarlo sería tan poco serio como afirmar que todos los problemas que encontró están solucionados. Milei cambió cosas, algunas de manera profunda, y probablemente su mayor triunfo hasta ahora no esté en una ley ni en un indicador económico: consiguió cambiar la discusión argentina.

Durante décadas, la política convivió con el déficit fiscal como quien aprende a convivir con una humedad en la pared. Estaba ahí. Se discutía cuánto, cómo financiarlo y quién debía pagarlo, pero pocas veces se planteaba seriamente eliminarlo. Milei llegó diciendo que no había más plata y aplicó un ajuste de una magnitud que todavía divide a la sociedad. Se puede discutir dónde recortó, quién pagó la mayor parte del esfuerzo y cuánto daño produjo en determinadas áreas, pero resulta difícil negar que consiguió instalar una idea: el Estado no puede gastar indefinidamente más de lo que recauda y después financiar el agujero sin consecuencias. Algo parecido ocurrió con la emisión monetaria. Son discusiones que probablemente ya no vuelvan a ser iguales, incluso si en 2027 gobierna otro espacio político.

La inflación bajó, pero el bolsillo sigue discutiendo

La inflación es posiblemente el resultado económico más importante de estos mil días. Milei recibió una economía que venía de superar el 200% anual y comenzó su gobierno con aquel brutal 25,5% mensual de diciembre de 2023. Hoy la velocidad con la que aumentan los precios es muy inferior. Negarlo para sostener una posición política sería absurdo. Para un país que había naturalizado remarcar precios todas las semanas, recuperar cierto grado de previsibilidad tiene un enorme valor.

Pero acá aparece una de las paradojas que explican por qué los números del Gobierno y la percepción de una parte de la sociedad pueden parecer contradictorios sin que necesariamente uno de los dos esté mintiendo. Que baje la inflación significa que los precios aumentan más lentamente, no que vuelvan atrás. Una familia puede reconocer que terminó la locura de los aumentos semanales y, al mismo tiempo, sentir que la electricidad, el gas, el alquiler, la comida o la cuota del colegio se llevan una parte demasiado grande del sueldo. El economista observa la velocidad de los precios; el vecino mira cuánto dinero le queda el día 20. Los dos pueden estar describiendo correctamente la misma Argentina.

También bajó la pobreza respecto del durísimo primer tramo del Gobierno. Es otro dato que debe reconocerse aunque incomode a los relatos cerrados. Pero esa mejora abre una discusión más profunda: qué calidad de empleo está generando la Argentina. Porque una persona puede dejar estadísticamente de ser pobre y continuar viviendo en una enorme fragilidad económica. Puede trabajar, incluso más horas que antes, y hacerlo sin estabilidad, sin aportes o combinando distintas actividades para llegar a fin de mes. Ahí aparece probablemente uno de los problemas que Milei todavía no consiguió resolver: transformar estabilidad macroeconómica en empleo privado formal, salarios mejores y una perspectiva de progreso que se pueda sentir fuera de una planilla.

La motosierra cortó. Ahora hay que ver qué quedó

Milei prometió reducir el Estado y lo hizo. Eliminó organismos, redujo estructuras, despidió empleados públicos, frenó buena parte de la obra pública nacional, desreguló actividades y modificó reglas que durante décadas parecían intocables. Sus seguidores ven allí eficiencia y el final de privilegios financiados por los contribuyentes; sus adversarios observan un Estado que perdió capacidad para responder en áreas esenciales. Seguramente existen ejemplos suficientes para alimentar las dos posiciones.

Después de mil días, sin embargo, la discusión debería avanzar un casillero. Ya no alcanza con preguntar cuánto Estado eliminó Milei, sino qué Estado quedó después de la motosierra. ¿Es más eficiente? ¿Controla mejor? ¿Presta mejores servicios? ¿Puede construir la infraestructura que necesita el país? ¿Garantiza adecuadamente educación, salud, seguridad y asistencia para quien realmente la necesita? Achicar es una medida contable; funcionar mejor es un resultado. No necesariamente son la misma cosa.

Algo parecido sucede con los jubilados. Milei recibió un sistema previsional lleno de distorsiones y utilizado durante décadas como variable de ajuste por gobiernos de diferentes signos políticos. Esa herencia existe y no debería borrarse de la historia para responsabilizar a un solo Presidente. Pero después de mil días la herencia empieza a ser una explicación insuficiente. El problema ahora pertenece también al Gobierno: cómo conseguir que una persona que trabajó toda su vida pueda vivir dignamente sin volver a quebrar las cuentas públicas. Ese equilibrio sigue sin aparecer y probablemente sea uno de los desafíos más complejos que deberá enfrentar la Argentina, gobierne quien gobierne.

Abrir la economía también exige discutir cómo producir

Otro capítulo pendiente es la producción. La apertura económica y la desregulación obligan a competir a sectores que durante décadas estuvieron protegidos. Eso puede favorecer al consumidor, bajar precios y obligar a empresas ineficientes a modernizarse. Pero también aparece una pregunta que no debería resolverse ideológicamente: ¿cómo compite una empresa argentina contra productos extranjeros si continúa soportando impuestos, costos laborales no salariales, logística y financiamiento mucho más caros que sus competidores?

No toda empresa que cierra es víctima de Milei, como muchas veces pretende instalar la oposición. Pero tampoco toda empresa que cierra es un empresario prebendario e inútil que vivía del Estado, como a veces simplifica el oficialismo. Entre esas dos caricaturas está la verdadera discusión productiva argentina. Si abrir la economía obliga a ser más eficientes, puede ser saludable; si simplemente reemplaza producción nacional por importaciones sin resolver los costos internos que hacen imposible competir, el resultado será otro.

Al mismo tiempo aparecen oportunidades enormes. Vaca Muerta, el petróleo, el gas, la minería, el litio, el agro y la economía del conocimiento pueden generar los dólares que Argentina necesitó durante décadas para crecer sin volver a quedarse sin divisas. Pero incluso allí existe una pregunta pendiente: ¿alcanza con tener sectores exportadores extraordinariamente competitivos para construir un país que pueda ofrecer trabajo y movilidad social a casi 50 millones de personas? Probablemente no. El verdadero desafío será conseguir que esos dólares impulsen una economía más compleja, con infraestructura, industria, servicios, tecnología y trabajo calificado.

Milei también cambió a Milei

Hay otra transformación interesante. El candidato que prometía dolarizar y cerrar el Banco Central terminó siendo un Presidente bastante más pragmático de lo que anticipaba su campaña. Argentina no está dolarizada y el Banco Central continúa existiendo. También el hombre que llegó denunciando a “la casta” terminó negociando con gobernadores, dirigentes del PRO, legisladores provenientes de otros partidos y sectores de esa misma política tradicional a la que había prometido combatir.

¿Eso significa que traicionó sus ideas? No necesariamente. También puede significar que descubrió algo que todos los presidentes terminan descubriendo: gobernar requiere política. El problema para Milei es que construyó buena parte de su identidad afirmando precisamente que esa política era el problema. Esa contradicción lo acompañará probablemente hasta el final de su mandato.

También cambió la manera de ejercer la Presidencia. Milei insulta, confronta, polemiza con periodistas, economistas, artistas, gobernadores y adversarios. Sus seguidores interpretan esa conducta como autenticidad y una ruptura con la hipocresía tradicional; sus críticos consideran que degrada la institución presidencial y convierte cualquier diferencia en una batalla personal. Después de mil días parece claro que no fue solamente una estrategia electoral: es su manera de ejercer el poder. Y también será parte de su legado.

Después de mil días, la herencia empieza a terminarse

Cuando Milei asumió muchos se preguntaban cuánto podría durar un presidente sin gobernadores propios, con una representación parlamentaria pequeña y sin la estructura territorial de los partidos tradicionales. Mil días después, esa discusión parece vieja. Milei demostró una capacidad política que muchos de sus adversarios subestimaron: sostuvo el Gobierno, consiguió leyes, sobrevivió a conflictos, mantuvo un núcleo electoral competitivo y logró modificar estructuras con una debilidad institucional inicial que hubiera paralizado a otros presidentes.

Ahora enfrenta una prueba bastante más difícil. Ya no tiene que demostrar que puede destruir el modelo anterior. Tiene que demostrar que puede construir uno nuevo. Y esa diferencia es enorme.

Porque Milei no produjo el apocalipsis que algunos pronosticaron, pero tampoco construyó todavía el país próspero que prometió. Consiguió bajar drásticamente la inflación, imponer disciplina fiscal, avanzar con desregulaciones y obligar a toda la política argentina a discutir cuestiones que durante años prefirió postergar. Al mismo tiempo, siguen existiendo problemas de empleo formal, salarios, jubilaciones, consumo, industria e infraestructura, además de enormes diferencias entre sectores que encontraron oportunidades y otros que todavía esperan la recuperación.

Quizás ese sea el verdadero balance de sus primeros mil días: Milei ganó la discusión sobre la necesidad de ordenar la Argentina, pero todavía tiene que ganar la discusión sobre cómo hacerla crecer.

Y a partir de ahora hay algo que también empieza a cambiar. Cada vez será más difícil explicar un problema solamente mirando hacia atrás. Macri culpó al kirchnerismo, Alberto Fernández habló de la herencia de Macri y Milei recibió efectivamente una economía al borde de una crisis todavía mayor. Pero ningún gobierno puede vivir eternamente de la comparación con el que se fue.

Después de mil días, la economía que funciona es de Milei. Y la que no funciona empieza inevitablemente a serlo también.

El Presidente logró convencer a una parte importante de la sociedad de que Argentina no podía seguir viviendo como vivía. Esa fue probablemente su primera gran victoria. Ahora llega la prueba definitiva: demostrar que el sacrificio tuvo un destino.

Porque ordenar las cuentas puede impedir que un país vuelva a chocar.

Pero gobernar es algo más.

Es conseguir que, después de frenar, vuelva a avanzar.

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