Se acerca la Navidad, y como cada diciembre, nos asoma la necesidad de decir algo más allá de la coyuntura. Algo que hable no solo de lo que pensamos, sino de lo que sentimos.
Un video reciente, publicado por la cuenta Popurri, planteó una idea simple pero poderosa: los argentinos discutimos de política porque nos importa. Porque no nos da lo mismo. Porque creemos que lo que pasa en el país tiene que ver con nosotros y con los que queremos. Y si bien eso a veces nos lleva a los gritos, al enojo, o incluso al desprecio por el que piensa distinto, también nos recuerda que seguimos involucrados.
Esa energía que muchas veces se malgasta en peleas estériles, en redes saturadas de insultos, en parientes que se bloquean o se evitan en la mesa, podría ser otra cosa si la canalizáramos mejor. No porque tengamos que estar de acuerdo. Sino porque tal vez nos merezcamos discutir sin dejar de respetarnos.
Desde esta columna —que más de una vez ha generado acuerdos, rechazos, o silencios incómodos— quiero hoy correrme un poco del rol de opinador y compartir una expresión sincera de Navidad. No como cierre de año, sino como apertura de algo que deberíamos cuidar más: el vínculo con quienes piensan distinto.
Este año discutimos. Mucho. Con razón. Con argumentos. Con emoción. Y a veces también desde la trinchera. Algunos días ganamos una idea; otros, perdimos una certeza. Pero si algo nos puede enseñar este fin de año es que la política no es solo conflicto, sino también esperanza de construir algo mejor, incluso con el que no piensa como uno.
Discutimos porque amamos este país. Porque no queremos resignarnos. Porque sentimos que todavía vale la pena defender lo que creemos. Pero tal vez esta Navidad nos invite a defender eso sin apagar al otro. A debatir sin eliminar. A disentir sin humillar. A volver a poner en valor esa fortaleza que tenemos como pueblo: la de involucrarnos, aún con todas nuestras contradicciones.
No hay grieta que tape eso. No hay algoritmo que lo niegue.
Esta Navidad, ojalá nos abracemos incluso con nuestras diferencias. Y si no hay abrazo literal, que haya al menos una pausa en la descalificación. Un intento por entender. Una frase menos violenta. Un gesto más amable.
Porque en el fondo, eso también es hacer política.
Y es, quizás, el mejor deseo que se puede expresar desde una columna como esta.
Feliz Navidad.
