Este 11 de septiembre seguramente diremos “Feliz Día del Maestro”. Está bien hacerlo. Pero los últimos resultados de las pruebas PISA muestran que la educación argentina atraviesa dificultades demasiado profundas como para resolverlas con un saludo. Y quizás haya que empezar por reconocer algo: el problema no está solamente dentro de las escuelas y mucho menos puede cargarse exclusivamente sobre los docentes.
Los últimos resultados disponibles de PISA, correspondientes a 2022, ubicaron a la Argentina por debajo del promedio de la OCDE en Matemática, Lectura y Ciencias. Apenas el 27% de los estudiantes argentinos de 15 años alcanzó el nivel básico esperado en Matemática; el 45% lo hizo en Lectura y el 46% en Ciencias.
Podemos discutir qué mide PISA y qué cosas importantes de una escuela quedan afuera de una evaluación internacional. Pero sería peligroso utilizar esa discusión para negar lo evidente: tenemos chicos que llegan a la adolescencia con serias dificultades para comprender un texto o resolver problemas básicos.
Pergolini puso otra pregunta sobre la mesa
Mario Pergolini planteó recientemente una reflexión interesante: mientras discutimos una escuela pensada durante décadas para otro mundo, nuestros chicos ya utilizan inteligencia artificial para estudiar, buscar información y resolver tareas. Para Pergolini, la educación debería convertirse en una prioridad absoluta de la Argentina y necesita reformularse frente a un cambio tecnológico que ya ocurrió.
Y ahí aparece una cuestión central.
Si un alumno puede conseguir una respuesta en diez segundos utilizando inteligencia artificial, quizás la escuela deba empezar a preguntarle menos cuál es la respuesta y mucho más cómo llegó a ella, si puede explicarla, verificarla y descubrir cuándo la máquina se equivoca.
La tecnología cambió.
La educación necesariamente tendrá que cambiar con ella.
Pero hay algo que ninguna tecnología puede reemplazar
El ejemplo de los adultos.
Una maestra puede enseñar respeto, diálogo, convivencia y responsabilidad durante horas. Pero después ese chico sale de la escuela y observa cómo nos comportamos nosotros.
Mira a sus padres. A los políticos. A los periodistas. A los funcionarios. A los dirigentes gremiales.
Y también aprende.
Por eso, en este Día del Maestro, vale una reflexión particularmente cercana para quienes vivimos en el Partido de La Costa.
Defender los derechos laborales de los docentes es legítimo. Reclamar salarios y condiciones dignas de trabajo también. Y exigir transparencia y explicaciones a quienes administran el Estado es indispensable en una democracia.
Lo que deberíamos preguntarnos es qué ocurre cuando las diferencias entre organismos del Estado, dirigentes y organizaciones gremiales alcanzan niveles de enfrentamiento donde el diálogo desaparece y predominan las acusaciones, las descalificaciones o la pelea política.
No se trata de determinar quién tiene razón en cada conflicto. Se trata de preguntarnos algo más sencillo:
¿Qué ejemplo reciben nuestros chicos cuando los adultos no podemos resolver nuestras diferencias como les enseñamos a ellos que deberían resolver las suyas?
También se educa con el ejemplo.
El maestro no puede hacerlo todo
Quizás durante demasiado tiempo le pedimos a la escuela que resolviera problemas que exceden ampliamente a la escuela.
Un docente puede enseñar, exigir, acompañar, despertar curiosidad y detectar que un chico necesita ayuda. Pero no puede reemplazar a una familia, solucionar la pobreza, reparar un edificio escolar, decidir el presupuesto educativo ni competir solo contra una pantalla que reclama permanentemente la atención de sus alumnos.
Mucho menos puede reemplazar a toda una sociedad adulta.
PISA debería interpelarnos también a nosotros.
¿Cuánto leemos? ¿Cómo hablamos delante de nuestros hijos? ¿Verificamos algo antes de compartirlo? ¿Respetamos a quien piensa distinto? ¿Somos capaces de admitir un error? ¿Exigimos esfuerzo a nuestros chicos mientras nosotros buscamos siempre el camino más fácil?
Quizás ahí exista una parte del problema educativo que ninguna estadística consigue medir.
Feliz Día del Maestro, pero que no termine en un saludo
Hoy corresponde agradecer a quienes todos los días entran a un aula.
Al maestro que madruga. A la maestra que prepara una clase. Al que contiene, al que exige y al que todavía logra que un chico levante los ojos del teléfono y descubra algo que no sabía.
Pero agradecer no alcanza.
PISA nos advierte sobre lo que nuestros chicos están aprendiendo. Pergolini pone sobre la mesa cuánto está cambiando el mundo en el que deberán vivir.
Y quizás nosotros tengamos que hacernos cargo de una tercera parte.
La educación no empieza y termina cuando suena el timbre de una escuela.
Los chicos también nos están mirando a nosotros.
Por eso, antes de pedirles respeto, diálogo, responsabilidad y esfuerzo, quizás deberíamos preguntarnos si nos ven practicar esas mismas cosas.
Porque un maestro educa con conocimientos.
Una familia educa con valores.
Una sociedad educa con sus conductas.
Y los adultos, queramos o no, también estamos dando clase.
