El Gobierno consiguió bajar la inflación y ordenar las cuentas públicas, pero ahora enfrenta un desafío diferente: transformar la estabilidad en crecimiento sostenido, inversión y empleo. La economía muestra recuperación, aunque con fuertes diferencias entre energía, minería y agro frente a industria, construcción y actividades vinculadas al consumo interno.
Durante buena parte de sus primeros mil días, Javier Milei tuvo una prioridad que subordinó prácticamente todo lo demás: estabilizar una economía que había recibido con inflación superior al 200% anual, déficit fiscal, restricciones cambiarias y una enorme desconfianza sobre el peso. La estrategia tuvo costos sociales y productivos importantes, pero también consiguió resultados que sería difícil desconocer: la inflación se redujo considerablemente, el equilibrio fiscal se convirtió en el centro del programa económico y desapareció el escenario de descontrol nominal que acompañó el final de 2023.
Ahora comienza una etapa posiblemente más complicada.
Porque una sociedad puede aceptar durante un tiempo que primero hay que ordenar. Después aparece inevitablemente otra pregunta: ¿cuándo empieza a crecer?
Y esa pregunta ya parece haber llegado al propio Gobierno. En las últimas semanas, el equipo económico comenzó a revisar sector por sector cuáles son las actividades que muestran menor reacción y qué herramientas podrían utilizarse para impulsarlas. Campo, energía, minería y finanzas aparecen entre los sectores más dinámicos, mientras otras ramas productivas siguen mostrando dificultades.
La economía crece, pero no toda la economía crece igual
Los números obligan a escapar de las simplificaciones. Según el INDEC, el Producto Interno Bruto aumentó 2,3% interanual durante el primer trimestre de 2026 y avanzó 0,7% frente al trimestre anterior en términos desestacionalizados. El último EMAE disponible, correspondiente a junio, mostró además una suba interanual del 0,8%.
Por lo tanto, afirmar que Argentina está simplemente en recesión no describe correctamente la fotografía actual.
El problema es otro: la recuperación es heterogénea.
Energía tiene detrás el enorme potencial de Vaca Muerta; la minería suma proyectos e inversiones; el agro continúa siendo una de las principales fuentes de dólares y el sector financiero se benefició de la normalización macroeconómica y de la recuperación del crédito. Del otro lado aparecen sectores relacionados con industria, construcción, comercio tradicional y otras actividades mucho más dependientes del mercado interno. Un informe del think tank Pensar Argentina, vinculado al PRO, definió precisamente este escenario como una economía “partida”.
Y ahí aparece un problema político para Milei: los sectores que más dólares pueden generar no necesariamente son los que más empleo producen.
Una plataforma petrolera puede representar millones de dólares de inversión y exportaciones sin necesitar la cantidad de trabajadores que requieren miles de pequeñas industrias, comercios, restaurantes o empresas de servicios distribuidas por todo el país.
Por eso crecimiento y desarrollo no son exactamente lo mismo.
La industria se convirtió en uno de los grandes interrogantes
La relación entre el Gobierno y los industriales mostró tensión durante los últimos días. La UIA reclamó generar un “puente” entre la economía que queda atrás y la economía competitiva que Milei pretende construir, mientras Luis Caputo defendió la apertura comercial y sostuvo que el nuevo modelo obliga a las empresas a invertir y reconvertirse para competir.
El debate merece algo más que elegir entre “industria protegida” o “importaciones”.
Durante décadas, Argentina construyó un entramado de protecciones, regulaciones e impuestos que en muchos casos terminó perjudicando al propio consumidor. Existieron empresas que pudieron vender caro simplemente porque competir desde afuera era extremadamente difícil. Revisar ese esquema no necesariamente es negativo.
Pero existe la otra mitad de la discusión.
¿Cómo compite una fábrica argentina con una extranjera mientras continúa pagando costos argentinos?
Impuestos distorsivos, logística cara, infraestructura insuficiente, financiamiento, presión provincial y municipal y determinados costos laborales no salariales siguen formando parte de la estructura productiva. Abrir la frontera puede introducir competencia; no elimina automáticamente esos problemas.
Los datos laborales muestran por qué el asunto importa. Un informe difundido en agosto señaló que, desde su último máximo, la industria había perdido cerca de 90.000 trabajadores registrados, explicando más de un tercio de la pérdida de asalariados privados formales desde noviembre de 2023.
La utilización de la capacidad instalada industrial, mientras tanto, se ubicó en 59,1% en junio, apenas por encima del 58,9% registrado un año antes.
No es una industria desapareciendo, pero tampoco una industria atravesando un boom.
El empleo puede terminar siendo el indicador político decisivo
Hay una razón por la que el crecimiento sectorial importa más allá de las estadísticas.
La mayoría de las personas no experimenta la macroeconomía mirando el riesgo país, las reservas o el resultado fiscal. La experimenta a través del trabajo y del ingreso.
Argentina registró una tasa de desocupación del 7,8% durante el primer trimestre de 2026, según el INDEC.
Pero incluso ese indicador cuenta solamente una parte de la historia. Una persona puede estar estadísticamente ocupada y trabajar informalmente, facturar como independiente, realizar varias actividades simultáneas o tener ingresos insuficientes.
Por eso el gran desafío no será simplemente crear actividad, sino crear empleo privado formal y productivo.
Ahí se juega buena parte de la promesa libertaria: que el sector privado pueda ocupar progresivamente el lugar que durante años tuvo el Estado como generador directo o indirecto de empleo.
Si ocurre, Milei podrá mostrar que su transformación produjo una nueva estructura económica.
Si no ocurre, la motosierra habrá reducido una parte del viejo modelo sin haber construido suficientes oportunidades para quienes quedaron afuera.
La inflación dejó de ser la única vara
La desaceleración inflacionaria sigue siendo uno de los principales activos del Gobierno. El último dato oficial disponible marcó 2,1% mensual en julio.
Hace pocos años, una inflación mensual cercana al 2% hubiera parecido extraordinaria.
Pero el éxito genera sus propias exigencias.
Cuando la inflación era de dos dígitos mensuales, casi toda la discusión económica giraba alrededor de los precios. Cuando ese incendio comienza a controlarse, la sociedad empieza a mirar otras cosas: cuánto gana, qué puede comprar, si consigue trabajo, si puede acceder a una vivienda, si una pyme vende y si existe una perspectiva de progreso.
Ese cambio puede ser políticamente incómodo para el Gobierno.
Milei consiguió bajar la inflación.
Ahora será evaluado con una vara que él mismo ayudó a recuperar: el crecimiento.
El mercado tampoco espera un boom
Las expectativas privadas reflejan esa cautela. De acuerdo con estimaciones difundidas a comienzos de septiembre, analistas de mercado proyectan un crecimiento de alrededor del 2,1% para todo 2026, sensiblemente inferior al 5% contemplado originalmente por el Gobierno.
Eso no significa estancamiento absoluto.
Significa que la segunda etapa está resultando más difícil de lo imaginado.
Y economistas que valoran la estabilización también advierten sobre ese punto. Daniel Artana sostuvo recientemente que la estabilidad macroeconómica es una condición necesaria para crecer, pero no suficiente: Argentina todavía debe resolver problemas estructurales relacionados con educación, infraestructura, informalidad laboral, innovación y riesgo país.
La frase resume bastante bien el desafío.
Evitar una crisis es una cosa.
Convertirse en un país que crece sostenidamente es otra.
El dilema de Milei: intervenir sin volver al modelo anterior
Acá aparece posiblemente la discusión ideológica más interesante de esta nueva etapa.
Si determinadas actividades no reaccionan, ¿qué debería hacer un gobierno que construyó su identidad prometiendo que el Estado dejaría de decidir quién gana y quién pierde?
El equipo económico ya comenzó a mirar sector por sector y evaluar medidas para actividades rezagadas.
Eso no necesariamente contradice el programa libertario. Reducir impuestos, eliminar regulaciones, mejorar infraestructura o facilitar crédito pueden considerarse políticas horizontales destinadas a aumentar competitividad.
Pero el límite será delicado.
Si Milei empieza a proteger sectores específicos mediante subsidios, barreras y beneficios discrecionales, corre el riesgo de reconstruir mecanismos que llegó al poder prometiendo eliminar. Si no hace nada mientras determinadas actividades pierden empresas y trabajadores, deberá explicar cómo se produce la transición hacia el nuevo modelo.
Entre esas dos posiciones existe un enorme territorio para la política económica.
Y en La Costa esta discusión se entiende sin mirar una planilla
Aunque estas cifras parezcan lejanas, en economías como la del Partido de La Costa el debate se vuelve bastante concreto.
Acá no hay Vaca Muerta ni grandes minas de litio.
La actividad depende principalmente del turismo, el comercio, la gastronomía, la construcción y los servicios. Es decir, sectores donde el consumo de las familias resulta determinante.
Un hotel puede tener ocupación y vender menos servicios. Un restaurante puede llenar mesas y recibir clientes que consumen menos. Un comercio puede abrir todos los días y descubrir que el turista compara mucho más antes de gastar.
Por eso una economía nacional puede mejorar sus indicadores macroeconómicos y al mismo tiempo tardar en hacerse visible en una localidad turística.
La inflación importa muchísimo para quien necesita poner precio a una habitación de enero con meses de anticipación. La estabilidad también permite planificar compras, inversiones y contrataciones. Pero después hace falta otra cosa: que el turista tenga dinero disponible para viajar y consumir.
Esa es la conexión entre la discusión nacional y el verano 2027 que ya empieza a preparar La Costa.
El ajuste puede ordenar; el crecimiento es el que legitima
Los primeros mil días permitieron comprobar que Milei estaba dispuesto a aplicar un ajuste que buena parte de la política argentina había evitado. También demostraron que una parte significativa de la sociedad estaba dispuesta a acompañarlo mientras percibiera que existía un objetivo detrás del esfuerzo.
Pero ningún programa económico puede pedir paciencia indefinidamente.
El equilibrio fiscal puede ser indispensable para evitar otra crisis. La baja de la inflación puede recuperar previsibilidad. Vaca Muerta, la minería y el agro pueden generar los dólares que históricamente limitaron el crecimiento argentino.
La segunda etapa consiste en conseguir que esas fortalezas se transformen en inversión más extendida, empresas, empleo formal, mejores ingresos y consumo sostenible.
Y quizás ahí esté la verdadera prueba del modelo Milei.
Durante la primera mitad de su gobierno pudo comparar prácticamente cada indicador con el desastre que recibió.
A medida que avance hacia 2027 esa comparación perderá potencia.
La pregunta dejará de ser “¿estamos mejor que en diciembre de 2023?” y comenzará a ser otra:
“¿Hacia dónde estamos yendo?”
El Gobierno ya demostró que puede ajustar.
Demostró que puede bajar la inflación.
Demostró que puede cambiar reglas que durante décadas parecían imposibles de tocar.
Ahora necesita demostrar algo bastante más difícil:
que después del ajuste también existe crecimiento. Y que ese crecimiento puede llegar más allá de Vaca Muerta, las minas, el campo y los mercados financieros hasta la fábrica, el comercio y el bolsillo de una familia.
Ahí probablemente se juegue buena parte del futuro económico y político de Javier Milei.
