La reciente elección de autoridades en el Honorable Concejo Deliberante del Partido de La Costa fue todo menos un trámite. Un empate 9 a 9, un voto inesperado, acusaciones de traición, un bloque roto y un oficialismo que, sin mayoría propia, retuvo la presidencia gracias al caos ajeno. No fue solo una disputa por una silla: fue una postal perfecta del estado actual de la política local.
El poder simbólico de una presidencia
El nombre de Ezequiel Caruso volvió a ocupar la presidencia del Concejo. La imagen puede sugerir continuidad, pero la realidad es otra: el oficialismo no tiene mayoría, y lo que lo sostuvo en ese lugar fue una grieta abierta en la oposición. El voto clave fue el de Elizabeth Villalba, concejal electa por La Libertad Avanza (LLA), quien rompió el acuerdo opositor y votó junto al oficialismo.
A decir verdad, nunca fue parte de ese acuerdo, ya que no asistió a ninguna de las reuniones previas, algo que fue señalado en un artículo periodístico publicado el 4 de noviembre por MDA Noticias.
Ese gesto, rápidamente condenado por su propio espacio, terminó con su expulsión de LLA y una ola de reproches. La prensa local la llamó «traidora», y el bloque que pretendía arrebatarle la presidencia a Caruso quedó expuesto como un conjunto sin cohesión, más preocupado por nombres que por proyectos.
Las internas detrás del telón
Lo que se vio en la sesión fue apenas la punta del iceberg. Detrás, hay disputas cruzadas entre radicales, libertarios y sectores del PRO, muchos de ellos con liderazgos débiles o fragmentados. El sector de Marcos “Cotoco” García, el radicalismo disidente, los libertarios puros y los armados de ocasión que surgieron tras las elecciones conviven en una oposición sin conductor visible.
Mientras tanto, el oficialismo, con menos concejales que nunca, logró orden interno y aprovechó la fractura opositora para mantener el control institucional. Fue una victoria política —sí— pero no necesariamente una señal de fortaleza.
¿Esto le importa a alguien fuera del recinto?
La pregunta es inevitable: ¿a cuánta gente le afecta realmente esta pelea por la presidencia del Concejo? Mientras la inflación empuja los precios, la temporada turística despierta dudas y los comercios piden oxígeno, en el recinto se discute quién se sienta en la cabecera. Lo simbólico tiene valor, pero también puede sonar ajeno.
En las calles, lo que interesa no es si Caruso o tal concejal preside el HCD, sino si los concejales —todos— pueden garantizar que el Estado funcione, que el presupuesto se use bien, que la salud y la educación estén en agenda, que haya control y transparencia.
Lo que deja esta sesión
La escena dejó varias certezas:
- La oposición local está dividida y sin conducción clara.
- La Libertad Avanza en La Costa mostró su fragilidad política.
- El oficialismo resiste más por astucia táctica que por hegemonía.
- Y, sobre todo, que la política se sigue mirando a sí misma, mientras la sociedad, con razón, mira para otro lado.
La renovación institucional debería servir para oxigenar la democracia local. Pero cuando se convierte en un juego de maniobras internas, pierde valor ante los ojos de una ciudadanía que exige menos rosca y más respuesta.
