Bajada: Alberto Martín Del Valle fue detenido en Florencio Varela después de casi 15 años prófugo. Vivió en Mar de Ajó y durante su clandestinidad habría frecuentado iglesias, comedores y merenderos. Mientras permanecía oculto, la familia de la víctima sostuvo durante años el reclamo de justicia y una de sus hermanas llegó a convertirse en abogada.
Después de casi quince años prófugo, Alberto Martín Del Valle, de 56 años, fue detenido este domingo 23 de agosto en Florencio Varela. Era buscado desde 2012 por una grave causa iniciada en Puan, donde está acusado de haber abusado sexualmente de la hija de su entonces pareja cuando la niña tenía apenas 11 años y de haberla dejado embarazada.
La historia tiene una fuerte vinculación con Mar de Ajó, ciudad en la que Del Valle vivió durante parte de los años en los que permaneció fuera del alcance de la Justicia. Su último domicilio conocido incluso figuraba oficialmente en esta localidad dentro del pedido de recompensa difundido por el Ministerio de Seguridad bonaerense.
Pero detrás de la captura hay otra historia que ayuda a comprender la dimensión del caso: mientras el acusado cambiaba de lugares e identidades para mantenerse oculto, la víctima crecía y su familia nunca abandonaba el reclamo de justicia.
Una causa que comenzó cuando la víctima tenía 11 años
La investigación se remonta a 2009, en Puan. Según la acusación judicial, Del Valle abusó sexualmente de su hijastra, que entonces tenía 11 años. Como consecuencia de esos abusos la niña quedó embarazada.
De acuerdo con la investigación, el acusado habría intentado además someterla a un aborto clandestino que no prosperó. El embarazo continuó, nació el bebé y posteriormente las pruebas genéticas incorporadas a la causa confirmaron la paternidad de Del Valle.
La Justicia ordenó su captura en 2012, pero para entonces encontrarlo ya se había convertido en otro desafío. Comenzaría así una fuga que se extendería durante casi quince años.
Mientras él escapaba, una familia seguía esperando
Los años pasaron y la causa continuó abierta. La niña creció mientras su familia intentaba acompañarla y sostenía el reclamo para que el acusado finalmente respondiera ante la Justicia.
En ese recorrido aparece uno de los aspectos más conmovedores de esta historia: una de las hermanas de la víctima decidió estudiar Derecho y llegó a recibirse de abogada, atravesada por una causa que marcó profundamente a su familia.
Mientras Del Valle permanecía prófugo, aquella familia siguió esperando. No fueron meses ni uno o dos años. Pasó más de una década sin que el acusado pudiera ser llevado ante la Justicia.

Mar de Ajó, identidades falsas y una vida oculta
Durante esos años Del Valle habría logrado reconstruir una aparente vida cotidiana utilizando distintas identidades. La investigación menciona nombres como “Martín Morales” y “Martín Lescano”, además de apodos como “Jaba”, “Jabalí” y “Colifa”.
Uno de los lugares donde vivió fue Mar de Ajó. El propio Ministerio de Seguridad de la provincia de Buenos Aires consignó como último domicilio conocido del prófugo una vivienda de calle Libre del Sur al 1600.
La investigación también señala que durante sus años de clandestinidad habría frecuentado iglesias, comedores comunitarios y merenderos. Publicaciones realizadas durante su búsqueda indicaron además que en Mar de Ajó habría colaborado con una iglesia donde funcionaba un merendero infantil.
Se trata de un dato particularmente sensible por la naturaleza del delito que se le atribuye. Sin embargo, hasta el momento no existen acusaciones públicas que vinculen a Del Valle con nuevos abusos cometidos en Mar de Ajó o contra niños que asistieran a esos espacios.
Una recompensa millonaria y una pista clave
La búsqueda tomó nuevo impulso cuando el Ministerio de Seguridad bonaerense ofreció una recompensa de entre 5 y 10 millones de pesos para quien aportara información que permitiera localizarlo.
El 5 de agosto la Policía realizó cuatro allanamientos en San Francisco Solano. Uno de ellos se llevó adelante, según el parte policial, en un domicilio donde funcionaba un merendero. Allí y en los restantes objetivos fueron secuestrados numerosos teléfonos celulares, aunque Del Valle no fue encontrado.
La pista decisiva apareció semanas después. Según informó la DDI Dolores, un ciudadano aportó información precisa sobre el lugar donde se estaría ocultando. La declaración fue recibida por la Justicia bajo la figura de testigo de identidad reservada y los investigadores dirigieron entonces la búsqueda hacia Florencio Varela.
El último intento por escapar
Este domingo 23 de agosto la Justicia autorizó el allanamiento de una vivienda ubicada en Combate de San Lorenzo al 2200 de Florencio Varela. El operativo estuvo encabezado por la DDI Dolores con participación de otras dependencias policiales.
Después de casi quince años de búsqueda, Del Valle estaba allí.
Según el informe policial, cuando los efectivos ingresaron a la propiedad intentó darse a la fuga, pero fue rápidamente reducido y detenido. Durante el procedimiento también fueron secuestrados varios teléfonos celulares, algunos de los cuales pertenecerían al acusado y serán sometidos a peritajes.
Tras la captura quedó a disposición de la Justicia de Bahía Blanca, que deberá avanzar ahora con el proceso judicial que permaneció abierto durante todos los años en los que estuvo prófugo.
Una espera de casi quince años
La detención no puede borrar lo sucedido ni recuperar los años que atravesaron la víctima y su familia. Tampoco significa que el proceso haya terminado: será la Justicia la que deberá determinar responsabilidades y resolver la causa.
Pero después de una espera que atravesó buena parte de la vida de aquella niña, existe un hecho concreto: el hombre acusado ya no está prófugo y finalmente deberá presentarse ante la Justicia.
La historia deja también un mensaje para tantas víctimas y familias que llevan meses o años esperando una respuesta judicial. La resiliencia no significa olvidar ni dejar atrás lo ocurrido. Muchas veces significa aprender a continuar mientras se sostiene el derecho a pedir justicia.
Esta familia esperó casi quince años. Acompañó a la víctima, mantuvo vivo el reclamo y una de aquellas hermanas llegó incluso a transformar esa experiencia en una vocación vinculada al Derecho.
Para quienes todavía esperan justicia, ninguna historia puede prometer que los tiempos serán rápidos ni que todos los caminos tendrán el mismo desenlace. Pero este caso demuestra que el paso de los años no necesariamente silencia a una víctima ni termina con la voluntad de una familia de seguir buscando respuestas.
Durante casi quince años un acusado logró escapar. Su familia nunca pudo escapar de aquella historia.
Este domingo terminó la fuga.
Ahora es el turno de la Justicia.
