Cada 24 de marzo interpela. No solo por lo que pasó, sino por cómo se lo recuerda.
En la Argentina, el terrorismo de Estado no admite matices ni justificaciones. No fue una respuesta válida frente a ningún conflicto interno ni una herramienta legítima para imponer orden. Fue un sistema organizado desde el poder para perseguir, secuestrar, torturar y hacer desaparecer personas.
Sin embargo, todavía persisten miradas que intentan relativizar ese proceso. La llamada “teoría de los dos demonios” plantea una falsa equivalencia entre el accionar del Estado y el de organizaciones armadas, como si existiera una tercera posición posible.
No la hubo.
El Estado tiene una responsabilidad distinta, superior. Cuando se convierte en aparato de exterminio, rompe el pacto básico de la democracia.
Pero ese proceso no fue solo militar. Sectores políticos, económicos, eclesiásticos y sociales habilitaron, acompañaron o eligieron el silencio. Así se construyó un entramado que no solo avanzó sobre quienes eran considerados “subversivos”, sino sobre cualquier forma de disidencia. El objetivo fue disciplinar a la sociedad y moldear una matriz que, en muchos aspectos, aún deja huellas.
Una de sus expresiones más brutales fueron los llamados “vuelos de la muerte”. Desde esos aviones, detenidos-desaparecidos eran arrojados al mar. Muchos de esos cuerpos aparecieron en las playas del Partido de La Costa, convirtiendo al territorio en testigo directo de ese horror.
Uno de los aviones utilizados en esos operativos —hoy recuperado— no es solo una pieza histórica: es una evidencia material de lo que ocurrió y de lo que no puede volver a repetirse.
Con la recuperación democrática, la Argentina avanzó en juzgar esos crímenes y consolidó la idea de un “Nunca Más”. Pero con el paso del tiempo, el desgaste institucional también dejó marcas.
Hoy, una parte importante de la sociedad desconfía de la política, del Estado y de la Justicia. Tres pilares centrales de la democracia que, cuando pierden credibilidad, debilitan todo el sistema.
A eso se suma un dato generacional: millones de argentinos nacieron después de la dictadura. Para ellos, la memoria no es vivencia, sino relato.
Por eso, el desafío sigue vigente.
Sostener la memoria no es repetir consignas, sino comprender. Defender la verdad no es una postura ideológica, sino un compromiso con los hechos. Y exigir justicia no es mirar al pasado, sino cuidar el presente.
Porque cuando esos tres elementos se debilitan, el riesgo no es solo olvidar.
Es volver a empezar.

